El vigente campeón de la Sudamericana y la Recopa fue una sombra en Mirassol, ante un equipo debutante. El 0-1 abre cuestionamientos y obliga a una fuerte autocrítica para enderezar el rumbo.

La Copa Libertadores es tremenda. Y a los equipos brasileños se los respeta, sea quien sea y lleguen como lleguen. Son premisas que Lanús descuidó en su estreno y por eso regresa de Brasil con un cachetazo de realidad.
El debutante Mirassol, un humilde equipo que registró cuatro ascensos en seis años y disputó su primer partido en la competición, desnudó infinidad de falencias y carencias en el bicampeón internacional, ganador de la última Sudamericana y de la Recopa, ante Mineiro y Flamengo, respectivamente.

Fue un partido para el olvido del elenco de Mauricio Pellegrino, que lo planteó desde el vamos sin un nueve. La apuesta de Carrera en esa posición no prosperó, ante un Bou limitado desde lo físico y el colombiano Valois que no terminó de convencer en sus primeras apariciones.
Las ausencias reiteradas de Marcelino Moreno y Dylan Aquino empiezan a hacer mella y le quitan explosión y sorpresa en ataque, está claro. Los goles de Castillo ya no están, y también se sienten. El rearmado ofensivo está costando más de lo esperado y el tiempo apremia.

La próxima semana se vienen dos encuentros bisagras en La Fortaleza. El lunes contra Banfield, en el clásico, será un trampolín anímico pensando en el choque del jueves ante Always Ready, en el duelo de equipos sin puntos en el Grupo G.
No asoma el apocalipsis, pero tampoco se puede negar la realidad. Este inicio copero con traspié amerita una autocrítica sincera para no repetir errores. La bendita Copa Libertadores no te lo permite. Hay mucho en juego y la vara está muy alta, puesta ahí arriba por los propios protagonistas.

Para cerrar, un dato color. En 2017, el Lanús de Almirón empezó perdiendo 1-0 con Nacional de Uruguay y después fue finalista. Elegimos creer, aferrados a la fe e ilusión que este equipo generó en el hincha. Pero a no confiarse: con eso sólo no alcanza.